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El puerto hundido de Tonis-Heraklion
Cabeza de una estatua chipriota encontrada en Canope. Instituto del Mundo Árabe, París.
Actualizado a 25 de enero de 2023 · 12:27 · Lectura:
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El Delta era el lugar donde se diseminaban las aguas del Nilo, río bienhechor aunque cambiante. Allí, cada año, con la crecida de las aguas entre junio y septiembre, la tierra firme quedaba sumergida en un lugar para aflorar en otro y los caminos desaparecían. Pero los egipcios acabaron por dominar este medio físico variable, que convirtieron en la zona de contacto privilegiada con Grecia. Allí, en el año 331 a.C., tras conquistar Egipto, Alejandro Magno fundó Alejandría, la gran metrópoli que se convertiría en capital de Egipto y junto a la que se desarrollaron otros dos ricos núcleos comerciales y de recreo: las ciudades de Tonis-Heraclion y Canope.
Sin embargo, unos siglos después, a consecuencia de una combinación de catástrofes naturales y movimientos de la tierra y el mar, aquel mundo espléndido y bullicioso se hundió para siempre en las aguas del Mediterráneo. Parte de Alejandría fue engullida por el mar, mientras que las antaño dinámicas Heraclion y Canope quedaron reducidas a un simple recuerdo literario: el testimonio que dejaron de ellas los autores de la Antigüedad. Hasta que, hace veinte años, la labor de un grupo de especialistas en arqueología submarina dirigidos por Franck Goddio comenzó a sacar a la luz los testimonios únicos de ese punto de contacto entre Egipto y Grecia. Utilizando tecnología punta, Goddio y sus colaboradores han trazado los planos de ciudades desaparecidas, y han logrado recuperar y restaurar esculturas monumentales, delicadas joyas, monedas y millares de objetos de uso cotidiano que dormían bajo las aguas del mar.
La costa así explorada perteneció en la Antigüedad al Bajo Egipto, que comprendía el norte del país, desde la ciudad de Menfis hasta el litoral. Esta región adquirió un fuerte impulso a partir del siglo VIII a.C., durante la llamada Baja Época, cuando sus variados y abundantes recursos se explotaron de forma más intensa: además de la producción de cereales, las marismas del Delta sustentaban una economía de caza y recolección que complementaba la actividad de los artesanos. Mientras tanto, las zonas situadas en sus márgenes adquirían importancia por sus nuevos usos: la costa, gracias a sus puertos, y el desierto oriental, debido a los fortines que se levantaron allí.
Como ya hemos dicho, los brazos del río que surcaban el Delta experimentaban cambios drásticos de un año para otro, de modo que el paisaje se modificaba. Hubo numerosos pueblos y ciudades que desempeñaron funciones religiosas, políticas o militares, pero su importancia varió a tenor de los movimientos del río. En épocas antiguas, la ruta comercial predilecta era el brazo más oriental del Nilo, donde se encontraba el puerto de Pelusio, que ponía a los egipcios en contacto con las tierras asiáticas. Pero la irrupción de grandes imperios conquistadores a partir del siglo VII a.C. (asirio, neobabilónico, persa) llevó el peligro a esta zona, por lo que el comercio se desvió hacia el brazo Canópico, el más occidental, así llamado porque en él se levantaba la ciudad portuaria de Canope. En adelante, el margen oriental del Delta, sin apenas asentamientos permanentes, adquirió una importancia capital como zona fronteriza de desierto.
El litoral de Alejandri´a. En esta la´mpara de terracota se pude ver el puerto de Alejandría y, al fondo, la ciudad, con el mausoleo de Alejandro Magno.
Marismas, diques y canales dificultaban la circulación por el Delta de este a oeste, por lo que hasta la época romana se circuló siguiendo una ruta de forma triangular: se remontaba uno de los brazos del río hasta prácticamente el ápice del Delta, para después dejarse llevar corriente abajo por otro brazo. La escasez de rutas terrestres llevó a buscar soluciones atrevidas, como el trazado de un canal transversal, el «río de Buto», de cuya existencia en el siglo I d.C. da cuenta el historiador Flavio Josefo en sus Antigüedades judías. Probablemente se había excavado unos quinientos años atrás, en época saíta (durante la cual los faraones tuvieron su capital en Sais, en el Delta occidental), y se completó en época romana.
Con la apertura de Egipto al Mediterráneo durante la Baja Época, entre los siglos VIII y IV a.C., aparecieron diversos mitos griegos en relación con el Nilo y el Delta, en particular el de la llegada de Hércules a la región: el héroe logra dominar un desbordamiento excesivo del gran río que amenaza a los habitantes de la zona, de modo que recibe un homenaje en la ciudad que lleva su nombre, Heracleópolis.
Otro mito griego, el de Elena y la guerra de Troya, justifica el nombre de dos ciudades con motivo de las dos ocasiones en que Helena recaló en el país. La primera vez, Helena y el príncipe troyano Paris –cuya relación da origen a la legendaria contienda– se detienen en el Delta durante su huida de Esparta; pero Tonis, el guardián de la desembocadura, les impide hacer escala allí, según explica Heródoto (Historias, II, 179). La segunda vez, ya destruida Troya, Helena vuelve a Grecia junto con su esposo Menelao en una nave conducida por Canope, que muere en Egipto por una mordedura de serpiente mientras reparaba el barco, como cuenta Estrabón (Geografía, 17, 1,17).
La seducción de Alejandría. Personificada aquí como una diosa con atributos marinos (anclas y proas de bajeles), la capital de Egipto atraía por igual a mercaderes, sabios y artistas.
Con estos pasajes se explicaban los nombres de las ciudades costeras de Tonis-Heraclion y Canope, y la relación entre las civilizaciones egipcia y egea. Una relación que se había consolidado en el siglo VII a.C., cuando el faraón saíta Psamético I autorizó un asentamiento griego llamado Naucratis en el brazo Canópico del Nilo, tierra adentro, para facilitar los intercambios comerciales con los mercaderes de las incipientes ciudades griegas. Naucratis tenía el privilegio de ser el único emporio o mercado autorizado y, por tanto, acogía todo el tráfico griego en Egipto, aunque proviniera de otros brazos del Nilo. Solo allí se podían recaudar impuestos sobre las mercancías, junto con la localidad costera de Tonis-Heraclion. En Naucratis se descargaban las mercaderías procedentes del Mediterráneo, por las que se satisfacía una tasa; la carga para el viaje de vuelta consistía en natrón (una sal que los egipcios empleaban para la momificación y que también se usaba en manufacturas como la cerámica), por el que se pagaban las tasas correspondientes en Tonis-Heraclion.
Naos de las décadas, dedicado por Nectanebo I (380-362 a.C.). Sus fragmentos se conservan en el Louvre (París) y en Alejandría.
La entrada a Egipto por el brazo oriental del Delta se pobló a partir de entonces con no menos de cuatro ciudades, tan próximas entre sí que se pensó que podía tratarse de un único asentamiento: Heraclion, Tonis (con límites entre ambas difíciles de fijar), Canope y Menutis. En esos lugares existieron templos que fueron decisivos para la legitimación del poder de los Ptolomeos, dinastía que tuvo su origen en Ptolomeo I, el general de Alejandro Magno que, tras la muerte de éste, se hizo con el gobierno de Egipto. Los Ptolomeos se consideraban descendientes de Hércules y de Dioniso. Y en Heraclion (la ciudad de Hércules) se levantaba el templo de Amón-Gereb, el dios que legitimaba al faraón transmitiéndole el inventario de su reino terrestre y celestial, mientras que Canope acogía el santuario del dios eipcio Osiris, al que los griegos identificaron con Dioniso. Heraclion, sin embargo, perdió interés como enclave portuario cuando Alejandro Magno fundó Alejandría en 331 a.C., aunque mantuvo su papel como el puerto de acceso a Egipto a través del Delta; por su parte, Canope, unida a Alejandría por medio de un canal, se convirtió en centro de diversión y desenfreno para los habitantes de esta última.
Alejandría, Tonis-Heraclion, Canope y otras ciudades egipcias de la costa mediterránea comenzaron su declive después de un primer terremoto seguido de un maremoto en el año 365 d.C. Durante los siglos VI y VII, otros temblores provocaron la desaparición de Canope y el sumergimiento de los muelles y espolones del gran puerto de Alejandría y de las ruinas de Heraclion, prácticamente abandonada desde hacía tiempo. Pero el proceso de sumersión de las antiguas ciudades se explica por la combinación de diversos factores. La progresiva acumulación de los sedimentos que el Nilo depositaba en el Delta dio lugar a una sobrecarga de peso y al hundimiento de Menutis y Heraclion hasta cinco metros de profundidad.
El sacerdote de Osiris. En 1998 se halló en la antigua isla de Antirrodos, en Alejandría, este sacerdote que, flanqueado por dos esfinges, sostiene un Osiris-Canope.
El caso de Pelusio, creada sobre la línea de costa, fue distinto: quedó apartada del mar tras una fuerte avenida de agua que desplazó bruscamente el curso del agua en el brazo del río. La existencia de las ciudades sumergidas perduró en los textos antiguos hasta que, cuando habían transcurrido más de mil años desde su hundimiento, las antiguas esculturas de faraones y dioses volvieron a ver la luz.
En el caso de Canope, el descubrimiento fue el resultado de combinar el estudio de las fuentes y de la geomorfología (el estudio del relieve terrestre) con la investigación en arqueología submarina. En realidad, como apunta Frank Goddio, es preferible hablar de «zona canópica», pues los límites de esta ciudad aún son inciertos. Heródoto señala que se hallaba a 125 estadios (unos 23 kilómetros) de Alejandría. Hoy la costa termina en la punta de Abukir, lugar donde tradicionalmente se emplazaban los restos de la ciudad. Sin embargo, ya en 1929 el estudioso Georges Daressy apuntaba que la ciudad podía estar sumergida en la bahía del mismo nombre. En 1933, una observación aérea alertó de la posibilidad de ruinas submarinas en la bahía, lo que indujo al príncipe Omar Tussun a iniciar las indagaciones que llevaron a los primeros hallazgos de escultura ptolemaica de la zona.
Por fin, en 1992 se emprendieron excavaciones como un proyecto de estudio sistemático a cargo del Instituto Europeo de Arqueología Submarina, fundado por Franck Goddio. Las piezas descubiertas van desde grandes esculturas de granito hasta frágiles zarcillos de oro, y los métodos de extracción se tuvieron que adaptar a cada situación. En el momento de la extracción de la estela real de Heraclion, de varias toneladas, hubo que izar los segmentos con una grúa hasta el muelle más próximo y proceder a una consolidación de emergencia. Estos datos evidencian el gran despliegue de medios y de equipos dedicados al rescate de los objetos y a su restauración.
El decreto de Heraclion. Entre las piezas más destacadas encontradas en la ciudad sumergida se encuentra este decreto del faraón Nectanebo I, del año 380 a.C. Museo Nacional, Alejandría.
Este último aspecto tal vez sea el más delicado del proyecto. La conservación durante siglos de los materiales, desde el cuero hasta el metal, ha sido posible gracias a que los ha protegido la capa de limos depositada en el fondo marino. Inmediatamente después de su desentierro intervienen todo tipo de agentes naturales que provocan su corrosión y descomposición. El equipo de Goddio consideró todos los pasos necesarios para frenar este proceso desde el inicio y dispuso un barco- laboratorio donde empezar el tratamiento. El reto principal era eliminar las sales, y para ello se aclararon las piezas con agua dulce que se iba renovando hasta el punto de equilibrio. La limpieza de concreciones marinas requiere una labor paciente y tecnificada, por medios mecánicos o químicos, que se realizó una vez en tierra firme. Finalmente se recompusieron las figuras o piezas fragmentadas ideando las fijaciones y los soportes adecuados para transportarlas y exhibirlas.
Los resultados más sobresalientes de la investigación arqueológica guardan relación no sólo con el emplazamiento de las ciudades, sino también con su urbanismo, en una época en que Egipto se sumó a una forma de vida centrada en las ciudades, según un modelo griego. Y Alejandría es un referente fundamental en este sentido.
La intervención de Alejandro Magno en la fundación de la ciudad y los relatos admirativos o desdeñosos sobre sus monumentos manifiestan su influencia en el urbanismo de época helenística. Desgraciadamente, buena parte de la ciudad antigua se esconde bajo las aguas, como la zona de palacio, con centro en un pequeño puerto a los pies del cabo Loquias. Las prospecciones han desvelado la estructura del Portus Magnus, el puerto principal de Alejandría, que con el tiempo se ha convertido casi en una bahía por los muelles que lo cercan y por los sedimentos acumulados en el Heptastadion, el paso elevado que unía la ciudad con la isla de Faro. El propio palacio va viendo la luz en la península de Loquias, de donde proceden columnas de granito, esfinges y esculturas reales de tamaño colosal; otras piezas permiten ubicar el culto de Isis en la isla de Antirrodos. Entre esta isla y el cabo Loquias se hallaba la península de Poseidio, con dársenas para las naves y un palacio- refugio que construyó Marco Antonio.
La puerta al Gran Verde. Por el delta del Nilo, Egipto se relacionó con las culturas del Gran Verde, como conocían al mar Mediterráneo. Arriba, naves de la dinastía XXVI.
En cuanto a Canope, los trabajos han permitido delimitar el trazado del antiguo brazo occidental del Nilo y la zona sumergida de la ciudad, en particular un recinto de 103 metros de lado que tal vez se corresponda con el célebre templo de Osiris. Sus sacerdotes llevaban en procesión una imagen del dios como vasija, como recogía Rufino, un historiador del siglo IV d.C. (Historia Eclesiástica, II, 26), y como atestiguan esculturas encontradas en el lugar. En los alrededores aparecieron parte de una estatua colosal de Serapis y varios fragmentos del célebre naos de las Décadas. No menos importantes son los hallazgos de Heraclion-Tonis, con un nuevo recinto sagrado de 150 metros de lado, un naos dedicado a Amón-Gereb y la célebre estela del decreto de Canope, que han ayudado a precisar el nombre de la ciudad.
Los recientes hallazgos arqueológicos en estas ciudades, aunque exiguos, nos permiten precisar y evocar el escenario de numerosos hechos históricos como los amores y negociaciones entre Cleopatra VII, la última reina de Egipto, y los más famosos imperatores romanos: Julio César, Marco Antonio y Augusto.
En 1881, los Abd el-Rassul, una familia de saqueadores de tumbas, condujeron a los investigadores a un fascinante descubrimiento arqueológico: un lugar oculto en las montañas de Deir el-Bahari donde los sacerdotes de la dinastía XXI habían ocultado las momias de importantes faraones del Reino Nuevo.
Tras el descubrimiento de la tumba del faraón en el Valle de los Reyes, tanto Howard Carter como el lingüista Alan Gardiner esperaban encontrar en su interior textos históricos que lograsen aportar un mejor conocimiento sobre la convulsa época en la que vivió el faraón niño. Pero no fue así, y esta falta de documentos ha generado numerosas hipótesis, e incluso teorías conspiratorias que implicarían a Carter y Carnarvon.
Durante los trabajos de excavación llevados a cabo en el templo de Taposiris Magna, en Egipto, la arqueóloga dominicana Kathleen Martínez ha descubierto un largo túnel, parcialmente sumergido bajo las aguas del Mediterráneo, que, según ella, podría conducir hasta la tumba perdida de la reina Cleopatra, una misión que hace doce años que la arqueóloga inició en este yacimiento del norte de Egipto.
Misterios y curiosidades del antiguo Egipto
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